Saltar al contenido

Ficha del libro

portada del libro

COMENTARIO BIBLIOGRÁFICO


En este libro se ponen de relieve los principales hitos que marcan el
camino del pensamiento circunstancialista, disperso, débil y
disgregado del relativismo posmoderno. Se parte del concepto de
falsación de Karl Popper, opuesto al criterio de verificación de la
ciencia tradicional. Lo falso vendría a ocupar metodológicamente el
papel de lo verdadero, como si el conocimiento científico, para ser
auténticamente científico, tuviera que ser necesariamente .falsado y
refutado. De ahí, se llega al anarquismo metodológico de Paul
Feyerabend, en el que todo vale (anything goes), y al completo
relativismo nihilista de Richard Rorty. Todo lo que pueda significar
fragmentación y problematismo tendrá buena acogida en los medios
posmodernos. Así, algunas facetas de la ciencia contemporánea, tales
como la relatividad, los fractales, la teoría del caos o el principio
de incertidumbre, se aducen en apoyo del relativismo -con el que, en
puridad, nada tienen que ver esas ramas de la investigación
científica-, y son utilizadas como punto de partida de distintos
movimientos artísticos y literarios. El gusto por lo abstruso y lo
caótico ha sido, por cierto, bien aprovechado por algunos autores que
han hecho del hermetismo y la palabrería el estandarte de su
prestigio. A la realidad objetiva e insoslayable, se antepone una
subjetiva y vaporosa realidad virtual, al estilo de la que proporciona
la ficción cinematográfica de Matrix. Pero, pese a todo, el arte y la
poesía hacen resonar su voz en el abismo de la posmodemidad
relativista. En la ciencia del verso, y, en general, en el estudio
científico de la literatura y el arte, entran en juego elementos
objetivos y contrastables. Lo que sucede es que nos movemos ahora en
el ámbito de la estética, sin la cual no tiene sentido hablar de arte
o de literatura. A partir de unos principios epistemológicos -en los
que no pueden faltar las ideas de realidad exterior y objetividad de
los hechos contrastables-, y con unas premisas éticas -de las que
están excluidas la mistificación y la impostura-, deben sentarse las
bases de una ciencia de la estética, lo cual supone el reconocimiento
de un cierto canon de la belleza.