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Ficha del libro

portada del libro

COMENTARIO BIBLIOGRÁFICO


La interpretación constituye un banco de pruebas para el jurista. El
cultor

del derecho que no sepa cómo interpretar no es un jurista: sean cuales
sean los

esfuerzos profusos por asimilar las palabras de las leyes, estudiar de
memoria

las opiniones de los doctores, fijar en la mente las máximas incluso
del último

tribunal de provincia.

Suele pensarse que la interpretación no puede constituir, hablando
con

propiedad, materia de enseñanza: esto se debería a que la
interpretación vendría

a ser un arte, un tener olfato, una intelección intuitiva, una visión
inspirada

por la práctica o un resplandor alcanzado por la experiencia.

Puede que todo ello sea verdad. No obstante, existe una parte, en la
interpretación

jurídica, que cae bajo el dominio ordenador de la razón: es el

campo de los conceptos claros y distintos mediante los cuales un
acervo de

fenómenos con nombres elusivos e inciertos encuentra su explicación
rigurosa;

es el lugar de las técnicas y de las formas de argumentación
desarticuladas

y reconstruidas sobre la mesa del analista, a beneficio de cuantos
prefieren no

improvisar.