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COMENTARIO BIBLIOGRÁFICO


Cuando hace ahora ocho años la recién nacida revista EL NOTARIO DEL
SIGLO XXI invitó a Antonio Rodríguez Adrados a participar en sus
páginas, nuestro más insigne notarialista, haciendo gala de su
proverbial generosidad, fue más allá y me propuso colaboraciones
periódicas desgranando en artículos sucesivos, uno a uno, los llamados
principios notariales. No los que podrían ser principios
apriorísticos formulados desde el idealismo del deber ser, sino las
reglas en las que, por sana inducción de su normativa, puede quedar
cristalizada o sintetizarse la práctica notarial. Nada más acertado. Y
nada mas útil y al mismo tiempo de mayor universalidad, pues el
propio origen del notariado, cuya partida de nacimiento no fue librada
por el poder constituido sino por la propia sociedad civil que lo
reclamaba, garantiza para la institución, en sus líneas genéricas,
unos perfiles comunes y al mismo tiempo dinámicos que, además de
facilitar una adaptación continuada, con naturalidad y sin esfuerzo, a
las sucesivas mutaciones sociales, mantienen una notable uniformidad,
cosa lógica por constituir la respuesta natural a unas demandas
generalmente coincidentes en las diferentes latitudes del planeta
cuando las coordenadas políticas y culturales también lo son. Pocas
instituciones civiles pueden presumir de mantener durante siglos una
configuración tan fija y uniforme, sin modificaciones sustanciales, en
el imaginario colectivo como el notariado. Y consecuentemente pocas
instituciones civiles son susceptibles de ver sintetizada su
realización básica en principios inducidos de carácter más lapidario y
universal.