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Ficha del libro

portada del libro

COMENTARIO BIBLIOGRÁFICO


Una playa del Mar del Norte, un marido ausente, un amigo de la
pareja... y ella, la parte femenina de esa pareja, que nos contaba
cuarenta años después cómo fue el (imposible) amor en la casa de la
duna. «Eramos como dos instrumentos afinados de repente». Lo que
importaba era ese «de repente», esa urgencia de ser, de saberse vivo,
de querer caer y levantarse a un tiempo. Las breves pero intensas
páginas de Para un ruiseñor no son menos conmovedoras que aquéllas de
Hace cuarenta años. Es evidente que su autora rememora el mismo
episodio vital, pero ahora con indudable tristeza. Si entonces volvía
a poner en pie, con cada detalle, con cada mínimo gesto, un momento
pasado que revivía como el más vivo presente, ahora parece no
atreverse a volver enteramente a ese mundo. Y esa vida pasada no es
ahora una existencia paralela, sino que adopta la figura de un
ruiseñor que viene a cantar junto a su ventana, como si el camino de
vuelta, que la autora recorría en Hace cuarenta años para volver al
pasado vivo, se hubiera cegado de pronto y su recuerdo no fuera ya un
mapa de regreso, sino pura melancolía.
Con ese lirismo que nos recuerda tanto a San Juan de la Cruz como a
John Keats, que va del símbolo a lo real, Para un ruiseñor es mucho
más que una memoria del amor: nos enseña a vivir en varios tiempos a
la vez, a vivir la vida sin dejar de vivir nuestras vidas anteriores,
a sobrevivir a la intensidad pasada sin perderla, y, lo más
importante, sin renunciar a la intensidad presente. Pocas obras en
prosa hay tan hermosas como ésta.

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