Un hombre y una mujer se encuentran cada noche en una habitación
desnuda frente al mar. Los liga un extraño acuerdo : a cambio de una
remuneración, ella debe yacer junto a él, pero sus noches serán
blancas, él no la desa, únicamente la quiere a su lado para que lo
salve de la muerte, del miedo. Como un muro de cristal, se erige
entre ellos el recuerdo de un joven extranjero de ojos azules pelo
negro, quimera extraviada de un amor innombrable, perdido de
antemano, vivido en la certeza de una imposible posesión. El infierno
de una pasión incumplida que enfrenta al hombre a todos sus abismos
se encarna aquí en «el mal de la muerte», la homosexualidad, palabra
que sin embargo permanece ausente durante todo el texto, pues apenas
sirve como metáfora de la trágica soledad que habita en el fondo de
la condición humana.