En el gesto de las manos que bendicen se expresa la relación
duradera de Jesús con sus discípulos, con el mundo. En su
ascensión, Él viene para elevarnos por encima de nosotros
mismos y abrir el mundo a Dios. Por eso, los discípulos pudieron
alegrarse cuando volvieron de Betania a casa. Por la fe sabemos que
Jesús, al bendecir, tiene sus manos extendidas sobre nosotros.
Esta es la razón permanente de la alegría cristiana.