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Ficha del libro

portada del libro
  • INFIERNO HORIZONTAL
    SOBRE LA DESTRUCCION DEL YO

  • CARRASCO CONDE, ANA
  • PLAZA Y VALDES
  • 2009
  • 01 ed.
  • Colección: HISPANICA LEGENDA 5

  • ISBN: 978-84-92751-73-0
  • EAN: 9788492751730

  • 250 páginas
  • RUSTICA

  • TEMA: SOCIOLOGIA


  • No disponible.
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COMENTARIO BIBLIOGRÁFICO


La enfermedad mortal. La enfermedad del yo. No poder salir de sí
mismo, enquistado en la propia mismidad, estar condenado a exponer en
un eterno bucle la falta cometida, una y otra vez, sin esperanza.
Petrificados en la angustia. Tiempo y sufrimiento. Fue Kierkegaard
quien, en otro contexto, al reflexionar sobre la desesperanza como
"enfermedad mortal" -"mortal" precisamente no porque cause la muerte
sino porque elimina esa posibilidad-, afirmó que la desesperación es
una enfermedad propia del espíritu del yo ligada a la eternidad:
porque el yo, enclavado en sí mismo, "desesperado cabalmente desespera
por eso, por no poder destruirse, y esto es lo que en realidad
constituye su tormento". El tiempo de la desesperanza es por ello el
tiempo de un eterno presente que se encuentra reconducido de nuevo al
principio, en la forma de una insoportable circularidad. Castigo
impuesto exteriormente o autoimpuesto ("de nosotros mismos procede el
mal que padecemos" dirá Swedenborg), lo que se repite no es nunca el
goce o el placer sino el dolor y el sufrimiento. Su fin es la
prolongación eterna del suplicio y la pérdida del sentido del tiempo:
quien lo padece ya no tiene, paradójicamente, futuro. Describe Dante
en la Divina comedia cómo los condenados en el noveno círculo del
Infierno, hundidos en el hielo y petrificados por él, se ahogan
eternamente por una pena que ni siquiera puede ser aliviada por el
llanto; llorará Oscar Wilde siglos después la suerte de su muerte en
vida, donde el tiempo no avanza, donde no hay estaciones, salvo la de
la amargura, donde todo se enquista en el círculo de la angustia, y
donde "lo que tú has olvidado ya, o estás a punto de olvidar, me está
sucediendo a mí en este momento y volverá a sucederme mañana". Y sin
embargo, aunque esta enfermedad del yo permanece como una constante
asociada al sufrimiento que se ha de padecer en el infierno, la
concepción de lo que constituya el infierno ha cambiado: si antes éste
era asociado con un descenso a un inframundo, con un viaje a una
esfera inferior de existencia, esto es, era un Infierno vertical y
como tal había sido institucionalizado por Dante, hoy, tras la
modernidad, el infierno no necesita de guías ni de cartografías, ni
tampoco de descensos o viajes iniciáticos en el espacio o en el
tiempo. No hay hogueras. Tampoco parrillas. No hay novelas de viaje.
Lo que hay es el vacío de la existencia, la creencia de que el
infierno son los otros (Sartre), el padecimiento de un sufrimiento tal
que hace pensar que, estando vivos, el infierno es aquella "sala
grande y vacía [...] y hay un grifo que gotea y el agua no se puede
beber, y esperamos algo realmente terrible y no sucede nada y sigue
sin suceder nada [...]" (Primo Levi). Lo que hay es un infierno que
puede sufrirse en vida, una narración que ha de entenderse ahora como
catarsis o autobiografía, una primera persona del singular que habla
ya no como testigo del dolor del otro, como lo hicieran Dante, Eneas u
Odiseo, sino del dolor propio, como víctima y protagonista de la
historia. Es la nueva concepción de un Infierno horizontal

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