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COMENTARIO BIBLIOGRÁFICO


La Corte no puede identificarse con un elemento concreto de la
organización política de las Monarquías europeas anteriores al siglo
XIX, sino que constituye un paradigma político. Es decir, fue el marco
institucional y político en el que se desarrollaron los
acontecimientos, y podría afirmarse que los sucesos que no se dieron
en la Corte o repercutieron sobre ella no existieron políticamente
hablando. Esto es, la Corte se constituyó (utilizando la terminología
aristotélica) en la "forma" política del reino.
La Monarquía hispana fue una gran organización política articulada por
cortes. Tal estructura de organización conllevaba la existencia en
cada reino de una "corte" y de una o varias "casas reales", lo que en
apariencia constituye una contradicción, pues una sola era la persona
del monarca. De ahí que, siendo una única organización política, sus
reyes dispusieron de numerosas casas reales, completamente formadas y
en plenitud de funcionamiento, donde se integraban y prestaban
servicio las elites de los diferentes reinos. Uno de ellos era el de
Castilla, cuyos monarcas, al igual que en el resto de Europa, habían
articulado desde la Baja Edad Media, en el marco de la Corte y de la
Casa real, una dilatada serie de departamentos y servicios, concebidos
y desarrollados para satisfacer sus necesidades.
Los historiadores que han estudiado la Casa de Castilla, sus orígenes
y los oficios que la componían, han mostrado cómo adquirió entidad con
departamentos y secciones, sobre todo a partir de la dinastía
Trastámara. Pero ningún monarca ordenó -que sepamos- la redacción de
unas ordenanzas que fijasen sus secciones y definiesen el cometido de
sus oficios, y mientras Castilla perduró como reino independiente,
semejante "descuido" no tuvo consecuencias. El problema se planteó
cuando una dinastía nueva, los Habsburgo, con casa propia y más
perfeccionada que la castellana, heredó los reinos y territorios
articulados en torno a la corona de Castilla.
Durante los reinados de Carlos V y Felipe II, las elites castellanas
que colaboraron en la articulación de la Monarquía hispana incurrieron
en una contradicción: si, en un primer momento, cuando Carlos V
reunió las Cortes en Valladolid en 1518, se mostraron reticentes y
recabaron el protagonismo de la Casa de Castilla de la que formaban
parte, no sucedió lo mismo cuando, años más tarde, el Emperador,
interesado en facilitar la proyección del príncipe Felipe fuera de
Castilla con motivo del viaje que realizó por Europa en 1548, dispuso
que se sustituyese en el servicio del príncipe la Casa de Castilla,
que venía siendo la suya, por la Casa de Borgoña. En esta ocasión, las
elites castellanas aceptaron la nueva modalidad de servicio con tal
de que sus miembros ocupasen los distintos cargos.
La Casa de Castilla, sin ordenanzas y regida por la costumbre, se
limitó a poner algunas de sus secciones al servicio de la Casa de
Borgoña, produciéndose una simbiosis entre algunos cargos y funciones
que estaban repetidos, castellanizándose ésta última al ocupar las
elites del reino de Castilla los principales cargos y oficios de la
Casa de Borgoña. Solo la Casa de las reinas se mantuvo conforme al
modelo castellano de la época de Isabel la Católica, no sin que la
influencia de Borgoña se dejase ver en las etiquetas que se dieron en
1575 para el gobierno de la Casa de la reina Ana.
Esta confusa y etérea unión de Casas -la del Reino que sustentaba el
Imperio y la de la dinastía- se mantuvo sin problemas durante el siglo
XVI, mientras las elites castellanas controlaban e influían en el
gobierno de la Monarquía. En el siglo XVII, esas elites fueron
desplazadas, y las quejas y vindicaciones de los méritos de Castilla
en la construcción de la Monarquía comenzaron a afirmarse en términos
de contestación, llegándose al punto de que la Casa de Castilla (sin
ordenanzas, pero con tradición) se convirtió en la "oposición
política" al gobierno.