Saltar al contenido

Ficha del libro

portada del libro

COMENTARIO BIBLIOGRÁFICO


En 2010 la Residencia de Estudiantes de Madrid celebra los cien años
de su nacimiento y está inmersa en un amplio programa de divulgación
de su historia, enmarcada en los propósitos renovadores que había
heredado de la Institución Libre de la Enseñanza y de la Junta de
Ampliación de Estudios, dos instrumentos claves para el ambicioso
objetivo de instrucción pública abordado por la Segunda República bajo
el paraguas de un pensamiento modernizador y europeísta. La ocasión
para acercarse desde el periodismo a la efeméride de este territorio
mítico que hasta 1936 insufló de excelencia a la formación edu-cativa
y humana de los hijos de las clases dirigentes y profesionales, en su
gran mayoría, fue el estreno en el teatro María Guerrero de la obra La
colmena científica o el café Negrín, dirigida por el dramaturgo
Ernesto Caballero. La pieza se adentra en el ambiente del Laboratorio
de Fisiología que dirigía el científico canario en la Residencia de
Estudiantes, siendo parte esencial del mismo la bebida preparada por
el doctor José Domingo Hernández Guerra, otro isleño, mano derecha del
que sería el último presidente del Gobierno republicano
(1937-1945).El reconfortante café procede de las plantaciones de
Agaete y tiene un poder extraordinario: logra sentar en torno a él a
visitantes tan ilustres como Madame Curie o Le Corbusier, o establecer
conexiones fantásticas entre el pensador Miguel de Unamuno y alumnos
como Grande Covián o Severo Ochoa. La tertulia, en la que también
participa alguna vez Federico García Lorca, representa en cierta
manera el estado de excitación cultural y científica que empieza a
cuajar entre una nueva hornada de jóvenes dispuestos a triunfar en las
letras, las artes y las ciencias, y que recoge el fruto de las
ventajas de un aperturismo logrado con becas en el extranjero. Una
efervescencia, por otra parte, resultado del empeño por superar los
lastres endémicos de España a través de un debate de ideas que alcanzó
su palestra más acusada con la llamada Generación del 14 y su
pensador José Ortega y Gasset, y de la que se celebra a lo largo de
este año su centenario. Los personajes de este libro van a estar
inmersos en este contexto dedicado a revertir una coyuntura histórica,
ya sea por la experiencia vital de sus años en la Residencia, o bien
por la significación de los catedráticos que les van a acompañar en su
formación universitaria. En el trabajo de adentrarnos en aquel elenco
de aspiraciones, José García Velasco, director cuatro años atrás de
los pabellones de los Altos del Hipódromo, en la Colina de los Chopos,
advierte de inmediato al periodista que la presencia de canarios en
la institución donde vivieron el artista Salvador Dalí y el cineasta
Luis Buñuel constituye por sí sola un fenómeno digno de estudio. Y
remata su indicación con el envió de una lista que incluye a una
veintena de nombres de residenciados, número que daba a los isleños
una representatividad más que apreciable frente a estudiantes de otras
partes de España. ¿Quiénes eran estos jóvenes cuyos padres habían
elegido la Residencia de Estudiantes? ¿Por qué se habían decantado sus
progenitores por un modelo de convivencia que tenía su raíz en las
ideas renovadoras del krausismo de la Institución Libre de Enseñanza?
¿Qué información tenían desde unas Islas sobre lo que allí se ofrecía
para sus descendientes? ¿Cómo marcó la estancia sus respectivas vidas
y profesiones? Así, espoleado por tales interrogantes, nace una serie
de perfiles o retratos de unas vidas donde el deseo por el saber será
aplastado por las armas.Fue un ejercicio de memoria histórica.
Hermanos, hijos y viudas buscaron entre los archivos familiares
documentos y fotografías para recomponer las piezas. Algunos lo
hicieron sin dificultad porque la estancia en la Residencia de
Estudiantes de Madrid había sido una secuencia biográfica mantenida en
el tiempo, sostenida frente al embate del olvido. Otros, en cambio,
desconocían los hechos y descubrían junto al periodista una faceta que
se había evaporado, que los propios protagonistas habían sellado bajo
la losa de silencio, quizás o con seguridad debido al miedo o a la
necesidad de no hacer un alarde equivocado frente a una dictadura que
había llevado hasta el exilio en Latinoamérica o Estados Unidos a los
tutores de la época de la Colina de los Chopos. También pude saber por
las entrevistas que ciertos residenciados canarios no renunciaron,
pese al largo franquismo, a encuentros entre ellos donde repasaban sus
trayectorias, o a la discreta celebración por el retorno a España de
uno de los que había sufrido destierro. De una manera o de otra, lo
cierto es que las reuniones de trabajo con las familias fueron un
acicate para ahondar más en aquellos alumnos, a veces con aportaciones
en posesión de los descendientes o por otras recopiladas por el
periodista. No siempre pudo ser así: igual que la lista se ha
enriquecido con residentes que aparecían gracias al testimonio
obtenido por otros, también hay que resaltar que en algunos casos no
se pudo traspasar la barrera del anonimato y contactar con fuentes
para desarrollar una información satisfactoria. La publicación ahora
de este libro con la lista facilitada por la Residencia de Estudiantes
quizás contribuya a que cualquier día podamos acceder a sus
historias.‘De la Isla a la Colina' no es un libro de Historia, sino un
trabajo periodístico que aporta datos, que expone a los historiadores
una realidad basada en la conexión de Canarias con el centro de la
Junta de Ampliación de Estudios. Entre las valoraciones a destacar con
respecto al entrecruzamiento, referirnos al papel de Juan Negrín y de
su colaborador José Domingo Hernández Guerra a la hora de atender las
peticiones de plaza de sus paisanos e influir para que las mismas se
viesen correspondidas, como así se desprende de algunos de los
testimonios. Una segunda observación, adelantada ya, es el impacto de
la Guerra Civil, que contribuye a que gran parte de la vida de los
antiguos residenciados transcurra bajo la disciplina militar, y en
especial en los servicios sanitarios. De esta dedicación, desgajar la
repercusión que sus vocaciones tuvieron en una posguerra en Gran
Canaria necesitada de médicos especialistas para afrontar todo lo
imaginable debido al hambre. Tampoco fueron ajenos a la preocupación
por la educación, a la que impregnaron de los principios heredados de
la pedagogía de Francisco Giner de los Ríos. Amaban el arte, la
música, la ópera, el mar, la montaña, la fotografía, el deporte, la
lectura... Todo ello, en mayor o menor medida, está en sus vidas.Dada
la urgencia del periodismo, la oportunidad por mi parte de una lectura
serena y sosegada<