El manuscrito carmesí cumple 15 años. En los papeles carmesíes que
empleó la Cancillería de la Alhambra, Boabdil ùel último sultánù da
testimonio de su vida a la vez que la goza o la sufre. La luminosidad
de sus recuerdos infantiles se oscurecerá pronto, al desplomársele
sobre los hombros la responsabilidad de un reino desahuciado. Su
formación de príncipe refinado y culto no le servirá para las tareas
de gobierno; su actitud lírica la aniquilará fatídicamente una épica
llamada a la derrota.
Desde las rencillas de sus padres al afecto profundo de Moraima o
Farax; desde la pasión por Jalib a la ambigua ternura por Amín y
Amina; desde el abandono de los amigos de su niñez a la desconfianza
en sus asesores políticos; desde la veneración por su tío el Zagal o
Gonzalo Fernández de Córdoba al aborrecimiento de los Reyes Católicos,
una larga galería de personajes dibuja el escenario en que se mueve a
tientas Boabdil el Zogoibi, el Desventuradillo.
La evidencia de estar viviendo una crisis perdida de antemano lo
transforma en un campo de contradicción. Siempre simplificadora, la
Historia acumuló sobre él acusaciones que se muestran injustas a lo
largo de su relato, sincero y reflexivo. La culminación de la
reconquista ùcon sus fanatismos, crueldades, sus traiciones y sus
injusticiasù sacude como un viento destructor la crónica, cuyo
lenguaje es íntimo y apeado: el de un padre que se explica ante sus
hijos, o el de un hombre a la deriva que habla consigo mismo hasta
encontrar ùdesprovisto, pero serenoù su último refugio.
La sabiduría, la esperanza, el amor y la religión sólo a ráfagas le
asisten en el camino de la soledad. Y es ese desvalimiento ante el
destino lo que lo erige en símbolo válido para el hombre de hoy. Esta
novela obtuvo el Premio Planeta 1990.