Algunos nos tapamos los oídos para a lo menos no oír lo que estaba
ocurriendo. Pero, cuando retirábamos las manos de la cara, creyendo
terminado aquel horror, volvíamos a oír los golpes y los lamentos de
«ay, mi madre!», «no me peguen más, por Dios!», «que me muero, que
me matan, socorro!», que nos estremecían y llenaban el alma al mismo
tiempo de un pavor y sobre todo de un odio tan ferozmente salvaje, de
un furor tan loco que creí, por primera vez en mi vida, que iba a
perder el control de mis nervios y a salir a protestar, a arañar, a
morder, si fuera posible, para dar satisfacción y descanso a mi alma y
salida a la amargura de mi corazón. Al fin terminó aquello. Todavía
temblorosos de excitación, un suspiro de alivio se escapó de muchos
pechos y comenzamos a cruzar algunas palabras entre nosotros. Pero, de
pronto, «aquello» comenzó de nuevo, con todo su horror, con toda su
aparatosa y trágica locura. Esta vez, se oyó al principio como si una
lucha entre muchos hombres se sostuviera dentro de una habitación.
Oíamos golpes, muchos golpes, más que antes, pero no gritosà
Manuel Bethencourt del Río, 1936, barco Adeje de la Prisión Militar
Flotante de Santa Cruz de Tenerife